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Porfirio Mamani-Macedo

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Peregrinos sin nombre

 

 

Y no los salvó la noche.

Todo blanco, todo cal, todo fuego.

Van como dormidos

los desgraciados que nacieron

sin estrella, en el hueco de la noche.

Todo buscan, nada encuentran,

en el blanco día.

Van y vienen por los caminos polvorientos,

despintados, rodeados de cactus y de espínos.

Ellos, los desgraciados,

Peregrinos sin nombre,

luchan, deben luchar,

con el aire, su destino.

Buscan asirse de una piedra y caen,

rodan, resbalan por los ojos que los miran,

caer; por los paladares,

por las mandibulas que ya no repiten su nombre.

Y no los salva la noche,

la madrastra noche,

ni los hilos que conducen su nombre,

de oreja a oreja.

Cruzan la piel del día y la costra de la noche,

de la tarde y de los años,

y no son vistos, ni su voz oída.

Habían soñado que vivían,

pero vivían soñando que no soñaban.

Y el tiempo y los días,

en sus manos,

se quedaban deshielados.

Querían lagrimar su sufrimiento,

pero lágrimas no brotaban

de sus ojos negros ;

los vencía el insomnio.

Postrados al camino que seguían,

esperaban una voz,

mas una cruz de piedra los miraba,

y ni voz, ni rasgo en el desierto que lloraba,

por ellos, los Peregrinos sin nombre,

ellos que cruzaban solos, la mar,

la tierra, el túnel,

la mirada nefasta de los otros.

Se quedaban en la puerta, mirando

no una puerta, sino un muro gris,

el rostro, la cara de los otros,

aquellos que paseaban

con su hipócrita mira,

por los pasillos de los edificios.

Las palabras no envuelven su destino,

ni de ellos ni de nadie. Pero

los desgraciados que no tenían voz,

afuera su palabra era viento,

polvo, semilla del desierto.

Era la noche, la madre de sus males,

y las voces que no querían oír estaban en ella,

pegadas, arrastrándose,

de bache en bache,

de tronco en tronco,

de sombra a sombra,

enclaustradas, comunicaban las voces negras por un hilo,

para que los desgraciados no entraran,

para que los desgraciados se quedaran afuera,

a comer polvo,

polvo tantas veces ya mordido,

ayer, hoy, por otros desgraciados,

que por este mundo ya pasaron

sin saber sus nombres.

Buscaban la luz y encontraban

abierto el vientre de la noche,

la nada, el vacío, la roca estéril

que se tragaba las palabras,

pues eco de su vientre no salía.

Por los caminos desiertos del olvido

se miraban las manos

colmados de sudor y huesos.

Y sus ojos, marchitados por el sueño,

buscaban más allá del universo de la noche :

la palabra, no el olvido

la fe, no la indiferencia

la luz, no la espada

el silencio, no la cruz

la hierba, no la ceniza.

En silencio horadan su destino,

palpan el agua con su frente

cansada, y recuerdan el camino

ya andado, y no nombran

las heridas

que en el camino les procura

la lengua de los otros.

Peregrinos sin nombre,

extranjeros machacados por el frío,

el aire frío de la gente,

esa que golpea la mirada en la mirada,

la mirada en todo el cuerpo,

y desprecio en la mirada tierna.

Los Peregrinos sin nombre y sin estrellas

en la arena de los días, inocentes,

buscan su pan y su destino.

Pero el hambre les consume los codos,

los gastados codos, los músculos y los rótulos.

Peregrinos sin nombre,

nos los salva la noche,

ni la sombra ni la lluvia,

ni los templos ni la piedra.

Y caminan de perfil,

por las riberas de la vida,

buscando con sus ojos,

un puente, una puerta, una llave,

la voz que se perdió en el desierto.

Deseaban que alguien los llamara,

deseaban recibir el eco de su nombre,

mas la piedra sorda del camino,

no escuchaba, no quería escuchar

sus nombres, ni la voz de un extranjero.

Y estaban solos para gritar sus nombres

entre tanto ruído que de la noche salía,

de los otros, de los afortunados,

ellos que sólo se miraban a sí mismos,

ellos que eran espejo de sí mismos,

allí sus nombres eran huesos del olvido.

De los Peregrinos sin nombre,

habían borrado sus nombres del banquete,

habían echado sus nombres en un plato a la basura

y no podían encontralos,

y no querían encontralos,

se les había perdido en la basura,

y ustedes, que tanto dieron por sus nombres,

en el banquete sonó vacío, escombro, nada.

Y el viento de la noche,

se posaba duro como un roble en el camino;

querían orar pero la sombra,

la callada sombra,

en la raíz de sus palabras se enredaba.

En un extraño río soñaban

con una puerta, con el ombligo de la puerta,

en un bosque y el dolor crecía por sus venas

como heridas a filo de piedras.

Y los vieron caer antes que vayeran,

y ellos, los otros, los vieron caer, a los Peregrinos sin nombre,

y nadie estiró su mano.

Y cayeron como el carbón al fuego.

Y no los salvó la noche

ni la blanca luna,

y ellos, los afortunados, de perfil les sonreían,

y ellos, los afortunados,  decidieron no decirles nada,

y así fueron invisibles, vacío y viento a sus ojos.

Peregrinos sin nombre,

por el largo túnel

de soledades abiertas,

caminan labrando su destino,

solos, rodeados de lluvia y tormento.

Era el recorrido una llaga,

era el recorrido de brasas y fango,

eran las voces de vidrio,

sus pasos de estruendos y lágrimas.

Sus ojos van, cansados de mirar en la noche otros caminos,

otras tiendas, otros valles,

otros mares de lejanos horizontes.

Por allá van solos,

por los caminos,

los Peregrinos sin nombre,

cargados de esperanzas, de sueños y palabras,

buscando la voz que en el desierto mora.

 

París, 10-11/6/2004

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La palabra

 

Porfirio Mamani Macedo

 

Para mi hija Alba Ondina Manuela

 

I

 

Nada es efímero, ni el dolor ni el placer.

Corremos de una puerta a un árbol solitario,

de un puente a una gruta que guarda el tiempo.

Cada mirada es un descubrimiento perfecto.

La lluvia es el sol que ocultan ciertas nubes.

Nuestra palabra es un grito irreversible en la nada.

Escribimos un nombre de alguien que no conocemos.

Oramos en el templo desierto del olvido

y soñamos con Dios encadenado a su dolor.

Somos peregrinos sin fe por el desierto

y dormimos sobre la blanca arena mirando el universo.

Para existir, a veces, inventamos un amigo,

le damos un nombre y con su recuerdo

nos perdemos en un bosque de palabras que se mueven.

Decimos que venimos de otro pueblo y nos confunden

con la lágrima que dejaron los que se fueron.

No conservamos nada del silencio que nos procuró

la suerte, el destino que no deseamos tener jamás.

Como aquel oscuro pasado, sobre la hierba cruzamos

para alcanzar el recuerdo que dejaron los otros peregrinos.

En una calle encontramos la sonrisa de un desconocido,

luego nos sentamos en una piedra para ver

las huellas que sobre la hierba quedan,

y también tu rostro que en la penumbra esperando queda,

amigo, hermano, la palabra que nos salve.

 


II

 

Entonces, pienso en la palabra que a todos no libera

del miedo, de la sombra que cerca la memoria,

del aire que se filtra por las rendijas del dolor.

 

Pienso en la palabra que a todos nos libera

del dolor que encontramos en este valle.

 

Pienso en la palabra que nos nombra un camino,

aquella que nos muestra la ventana, no el olvido.

 

Pienso en la palabra que me dio un amigo en la frontera,

aquella que abrigó con un pan todo mi destino.

 

Pienso en la palabra secreta que a todos

nos espera en alguna parte, desnuda y sola.

 

Pienso en la palabra que pronunciaron otros hombres,

aquella que abrió las puertas del insomnio.

 

Pienso en la palabra que me dejaste escrita en un árbol

aquella que ya escribieron otras manos en otros muros.

 

Pienso en la palabra destinada por otros al olvido,

aquella que me nombra, un ruido, una cosa, una imagen.

 

Pienso en la palabra que separó las aguas del mar,

aquella que atravesó todo un desierto.

 

Pienso en la palabra que soñamos

en el fondo de una gruta.

 

Pienso en la primera palabra que pronunciamos

con dolor, por este camino que nos lleva a alguna parte.

 

Pienso en la palabra que no pronunciaré un día,

aquella que todo lo nombra, que todo lo revela.

 

Pienso en la palabra que escribí en una carta

a un desconocido.

 

Pienso en la palabra que mide el tiempo,

aquella que destruye los caminos como las noches.

 

Pienso también en la palabra que encontré a orillas de un río,

en aquella que me dio un niño en el alba

para cruzar el ancho día.

 

 


 

 

III

 

No era la noche sino la luz

No el pasado sino el camino que faltaba recorrer

Eran sus manos agarrándose de una rama

Eran voces que rodaban de sus labios

Era su larga cabellera que jalaba el viento

No era la noche sino sus ojos en la noche como luces

No era una estrella sino una ventana abierta:

era su voz que llamaba en el centro de un bosque y también

el ruido de sus pasos que sobre la arena iba dando.

Yo la esperaba cada tarde

al pie de este roble que sombrea mi cansado cuerpo.

No era la duda sino su voz que cortaba el viento,

su voz que refrescaba todo mi cuerpo en el desierto.

Pero hoy que quiero verla no la veo

y así, hacia una sombra que se mueve en el camino yo me acerco.

Hundo mis pasos en el polvo que ha soplado el viento,

jalo mi cuerpo como se jala una roca del camino.

No era la noche sino la palabra que inventa el día

para que todo fuera diferente en el huerto prohibido,

para que los niños no miraran en sus manos

el hambre,

la sed que corría como un río por los cuerpo de los desgraciados.

Era otra sombra que ya nadie quería recordar,

el rostro que ya nadie quería recordar.

No era la noche sino el viento que bajaba o subía al cielo.

Era ella, la palabra, la voz que creo todo el universo

y todas las cosas que en el universo existen.

Era la piedra que en la piedra se formaba.

Eran los mares que impacientes me esperaban.

Eran las flores que miraban nuestros ojos en los prados.

Eran los manantiales que nacían del vientre de la tierra.

No era la noche sino un camino abierto que todos esperaban.

No era el fuego sino la fuente del reposo

allí donde encontraran los desgraciados

agua para lavar sus miserables rostros

que vivieron como huyendo de la vida de los afortunados,

pues nada les dejaron sino olvido, indiferencia y desprecio.

Era la palabra que todo lo guarda y todo lo recuerda.

 

 

 

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Porfirio Mamani Macedo ha nacido en Arequipa (Perú) en 1963. Es doctor en Letras en la Universidad de la Sorbona. Se ha graduado también de abogado en la Universidad Católica de Santa María, y ha hecho estudios de Literatura en la Universidad de San Agustín (Arequipa). Ha publicado poemas y cuentos en varias revistas en Europa, Estados Unidos y Canada. Ha publicado entre otros libros : « Ecos de la Memoria »(poesía) Editions Haravi, Lima, Pérou, 1988. « Les Vigies »(cuentos) Editions L’Harmattan, Paris, 1997. « Voz a orillas de un río/Voix sur les rives d'un fleuve » (poesía) Editiones Editinter, 2002. « Le jardin el l’oubli », (novela), Ediciones L’Harmattan, 2002. « Más allá del día/Au-delà du jour » (poemas en prosa), Editiones Editinter, 2000. « Flora Tristan, La paria et la femme Etrangère dans son œuvre », L’Harmattan, 2003.(Ensayo). « Voix au-delà de frontière », L’Harmattan, 2003. « Un été à voix haute », Trident neuf, 2004. Poème à une étrangère, Editions Editinter, 2005. Ha enseñado en varias universidades francesas. Actualmente reside en París y enseña en la Universidad de Pïcardie Jules Verne y en la Universidad de la Sorbonne Nouvelle.

 

http://letrasdeporfirio.blogspot.com/

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